Friday, November 22, 2019

El muro, la CIA y un disfraz

Washington, 2 nov (EFE).- Una puerta corredera se abre y el “agente X” accede a una sala llena de personas con batas blancas. La tarea de este laboratorio no es resolver una compleja fórmula matemática, sino algo parecido a la magia: hacerle desaparecer en un disfraz de turista.

Lo que pudiera parecer una escena protagonizada por James Bond y “Q” (su inventor de artefactos), era, realmente, parte de la rutina de Jonna Mendez, quien durante más de 25 años fue agente del Departamento de Servicios Técnicos de la CIA, donde llegó a ser jefa de Disfraces.

Durante la década de los 70 y principios de los 80 del siglo pasado, el telón de acero parecía inexpugnable y la competencia con la KGB era feroz. Los espías del país tuvieron que diseñar todo tipo de artificios en una carrera, la de la Guerra Fría, que culminó con la caída del muro de Berlín en 1989. Aunque no llegó a cerrarse del todo.

En el Museo Internacional del Espía de Washington -que acoge un fragmento de la muralla que dividió el mundo-, Mendez, ahora una afable jubilada de 74 años, se siente como en casa entre todo tipo de cachivaches con micrófonos ocultos, réplicas de los archivos de la Stasi -la temida y extinta policía secreta de Alemania Oriental- y salas de interrogatorios.

RÍMEL PARA SIMULAR CANAS

Para camuflar a un espía no basta con alterar los rasgos de la cara, hay que tener en cuenta el resto del cuerpo. “Por ejemplo, puedo llevar una máscara completa para el rostro, algo que yo he hecho, pero si un amigo me ve andando por la calle me reconocerá por mi forma de caminar. Es tan única, que me han visto”, explica a Efe.

Para lograr un disfraz clásico, los agentes especializados tienen que trabajar de arriba a abajo. “El pelo castaño, lo cambiaremos. ¿Son altos o bajos?, lo cambiaremos. ¿(Pelo) rizado o liso?, cambiaremos eso, ¿Qué color de ojos?: azules, cambiaremos eso. Maquillaje, vello facial, gafas, joyas, y trabajas hacia abajo”.

Y siempre será un proceso de suma, nunca de resta: “Podemos hacerte más alto, no podemos hacerte más bajo; podemos engordarte, no podemos hacerte más delgado; podemos hacerte parecer mayor, es muy difícil hacer que una persona parezca más joven -reflexiona-”.

Mientras habla, mueve las manos para subrayar algunas de sus frases y recuerda cómo una vez tuvo que usar polvos de los pies para simular canas ante la falta de rímel blanco, que era lo que empleaban habitualmente.

FOTOGRAFIAR A PUTIN CON UN MECHERO

Antes de convertirse en la máxima responsable de Disfraces, Mendez trabajaba en el Departamento de Servicios Técnicos de la CIA dentro de su especialidad, la fotografía.

“Viajaba alrededor del mundo, reuniéndome con ‘activos extranjeros’ y los entrenaba en el uso de cámaras”. Eran colaboradores de la CIA en otros países, que arriesgaban su vida para ayudar a EE.UU.

Esos artilugios eran microcámaras fotográficas que podían estar insertadas en el pintalabios, en un mechero o en un pin. Con una de estas, “si te acercas al despacho de Vladímir Putin puedes tomar una fotografía de forma simple”, pone como ejemplo.

Su labor, más allá de la parte técnica, tenía una importancia capital: ocultar a los agentes de la CIA para evitar que fueran detenidos o ejecutados. En Moscú, cuenta, pasaba lo segundo.

UN CATÁLOGO DE OPCIONES PARA MORIR

Como exagente de la CIA, Mendez no puede dar detalles sobre operaciones en las que participó, pero puede contar cómo cruzar de una Alemania a la otra, algo que nunca hizo disfrazada.

“Ir de Berlín occidental a Berlín oriental era un proceso muy formal. Si eras un funcionario estadounidense tenías documentos con sellos de estatus de la Stasi, con los que quedabas exento: cuando cruzabas la frontera no te podían registrar, no te podían arrestar, no te podían retener. Y mientras que estabas en el este era una forma de protección, y una vez que llegabas adonde ibas, podías hacer lo que quisieras”.

Esto lo narra sentada en un banco en “la parte occidental” del fragmento de muro que hay en el Museo del Espía, decorado con algunos de sus famosos grafitti, y delante de una pantalla con un oficial de la Stasi y un pastor alemán que ladra cuando alguien se acerca.

Mendez no puede contar si ayudaron a mucha gente a llegar a la parte occidental, pero sí cita los innumerables túneles cavados bajo tierra para cruzar.

En una ocasión pudo ver la parte este del muro desde un helicóptero y comprobó que era “una tierra de opciones” para elegir “cómo te gustaría morir”.

“¿Te gustaría morir por hacer el sonido más ligero y que unas tuberías con armas de fuego salieran y dispararan balas en 360 grados?, o ¿preferirías ser atacado por uno de esos perros pastores alemanes que subían y bajaban de los vagones de los trenes? No los alimentaban bien y si alguien se aproximaba a ellos lo mataban”.

“LAS NORMAS DE MOSCÚ”

En la Unión Soviética y en otras partes de Europa del Este, los agentes de la CIA seguían una serie de indicaciones para protegerse, conocidas como “Normas de Moscú”, que más tarde Mendez y su difunto marido, Tony Mendez, quien participó en el rescate de rehenes estadounidenses en Irán relatada en la película “Argo”, recopilaron en un libro publicado este año: “The Moscow Rules”.

Si sientes que algo va mal, no vayas. No mires atrás. Nunca estás solo. Estas son algunas de esas consignas que formaban parte del “Arte de la guerra” estadounidense, la influyente obra del general chino Sun Tzu sobre estrategia militar.

“Nunca estabas solo en Moscú, había siempre alguien contigo, tanto si estabas en el trabajo, en la embajada o en tu apartamento: había micrófonos en la pared. Si estabas en tu coche, ellos estaban allí en su coche siguiéndote, en realidad teníamos un equipo en vehículos (siguiéndonos). Si ibas andando podían vigilarte desde atrás, había siempre posiciones de viandantes, siempre estabas vigilado”.

OLOR DE PERSONA EN CONSERVA

Durante aquellos años de plomo, la Stasi y la KGB llegaron casi a igualarse en excelencia en sus labores de espionaje.

Después de la caída del muro, la CIA pudo comprobar de cerca los métodos de la Stasi en la Alemania del Este: “Encontramos almacenes llenos de tarros de cristal, sellados médicamente. Dentro de cada uno había una pieza de ropa, y cada tarro tenía una etiqueta. Había miles y miles de estos frascos”, describe Mendez.

“Si ibas a la ópera en el este de Alemania y sabían que eras de Occidente, podrían estar interesados en ti”. Entonces, utilizando cualquier pretexto, tomaban una pieza de tu ropa y, de esa forma, recolectaban también tu olor. La guardaban en un tarro etiquetado y esperaban. “Si volvías a su país y estaban interesados en lo que hacías, cogerían un perro, le mostrarían la pieza de ropa e irían detrás de ti”.

LA GUERRA FRÍA NO TERMINÓ, SE HIZO CLANDESTINA

Uno de los recuerdos más nítidos que conserva Mendez es el de la caída del muro de Berlín, aunque ella solo pudo seguirlo por la tele. Pese a que fue una victoria para Occidente, cree que cayó por el propio sistema que había en el Este. “No podías detener las comunicaciones, no podías mantener la verdad alejada, la gente podía ver a través del muro y podía ver el oeste de Berlín, que era una ciudad vibrante, animada”.

Después de la desaparición del muro, el mundo entero cambió pero ¿Realmente acabó la Guerra Fría?. “A lo largo de los años estoy empezando a preguntarme si realmente la Guerra Fría terminó, creo que se hizo clandestina”, reflexiona Mendez, para quien este conflicto está volviendo ahora.

En ese sentido, remite al primer capítulo del libro que escribió con su marido, que empieza en 2017, tras las elecciones presidenciales en EE.UU., en las que triunfó Donald Trump, y con una agresión a un diplomático estadounidense fuera de la embajada en Moscú.

Nada más salir de su coche, el diplomático fue atacado por un “matón de la KGB” que le golpeó y le rompió la clavícula. “Esta es una táctica de la Guerra Fría, es el tipo de cosa que haríamos durante la Guerra Fría. Y ahora esas historias se están comenzando a repetir”.