Wednesday, June 03, 2020

Niños viven angustiados el drama de la pandemia en casas de acogida en México

Una niña lee en una casa de acogida, que aloja a menores que por alguna causa no pueden vivir con sus familias, el 11 de mayo de 2020, en Ciudad de México (México). EFE/ Sáshenka Gutiérrez

México, 23 may (EFE).- A las tragedias familiares de abusos sexuales y miseria padecidas, los niños que viven en casas de acogida sufren ahora atemorizados el drama de la pandemia sin entender por qué no pueden salir al patio a jugar.

Los miles de niños mexicanos que han podido ser rescatados de los abusos de sus propios familiares o de la miseria callejera soportan con angustia un confinamiento riguroso para evitar el contagio del COVID-19.

Las 200 casas de acogida de Ciudad de México alojan menores que por distintas razones no pueden vivir con sus familias bien sea por la extrema pobreza, la violencia o los abusos sexuales.

No existen en México estudios sobre el número exacto de niños en situación de riesgo, aunque un informe de Unicef de 2018 indicaba que seis de cada 10 niñas o niños de 1 a 14 años han experimentado algún tipo de violencia.

UN CONFINAMIENTO RIGUROSO

Lula es una niña de 9 años y llegó al centro con 3 años. Su madre ejerce la prostitución por lo que el riesgo de abuso sexual era alto.

Niños juegan en una casa de acogida, que aloja a menores que por alguna causa no pueden vivir con sus familias, el 11 de mayo de 2020, en Ciudad de México (México). EFE/ Sáshenka Gutiérrez

Dada la desatención educativa y emocional que sufría, las autoridades obtuvieron por vía judicial la potestad para ser acogida en el centro AyS.

“Lo que más extraño son mis amigos del colegio”, dice Lula sobre la obligación de permanecer en el centro sin poder salir mientras persiste el estado de emergencia sanitaria.

Las normas del confinamiento de AyS, donde duerme un máximo de cuatro niñas por habitación, las establece la dirección del centro, ya que desde las instituciones públicas las indicaciones “han sido heterogéneas y les ha faltado certidumbre”, cuenta Becerril a Efe.

Cuando comenzó el estado de emergencia, AyS estableció primero la limitación de visitas a los familiares, luego redujeron visitas del exterior y organizaron las actividades para poder seguir con la labor de desarrollo integral de las chicas.

La reorganización de turno del personal fue uno de los primeros retos para que el coronavirus no llegase del exterior. Los trabajadores hacen turnos de varios días seguidos y pernoctan en la misma casa de acogida.

ALEJADOS DE SUS FAMILIAS

Son raros los casos de menores que mantienen relación con el núcleo familiar del que fueron rescatados. De 17 años de edad, Félix lleva 15 años en PACO, una casa de acogida para varones.

Con tan solo 3 años escapó junto a su hermana de 4 años de un hogar donde sufrían maltratos.

Una niña juega en una casa de acogida, que aloja a menores que por alguna causa no pueden vivir con sus familias, el 11 de mayo de 2020, en Ciudad de México (México). EFE/ Sáshenka Gutiérrez

“Extraño salir, nunca había estado confinado, siempre salí a un museo, a clase, pero los pequeños lo llevan peor porque no comprenden la situación”, asegura.

Uno de esos compañeros es Alex, de 7 años. Sufrió violencia por parte de la madre y no recibía escolarización. Su alto nivel de coeficiente le ha hecho recuperar grados de formación en el año que lleva en la casa de acogida regentada hace cuarenta años por Sor María.

“Lo que más echo en falta es jugar al fútbol”, cuenta Alex.

César Antonio Aguilar es trabajador social desde hace 25 años y explica nos cuenta cómo en PACO han tenido que reestructurar los tiempos, y hacer grupos para el deporte, jugar a la consola o recibir clases.

“Lo más complicado con el confinamiento es controlar las hormonas de los chicos al estar tanto tiempo encerrados”, relata Aguilar.

El otro efecto común entre las casas de acogida no públicas es el económico. Cada menor requiere un mínimo de 7.000 pesos mensuales, alrededor de 325 dólares.

La aportación gubernamental ronda el 1 % en la mayoría de los casos y el 5 % en algunos pocos. La mayoría de las casas de acogida han visto reducidas drásticamente las aportaciones de particulares y empresas debido a la pandemia.

Para la sociedad”, se lamenta Erika Sánchez ante la falta de solidaridad de la sociedad por el futuro de tantos niños desamparados.