Sunday, October 24, 2021

CINCO DE MAYO: RECORDANDO AL GENERAL IGNACIO ZARAGOZA

Por Eduardo Merlo Juárez

General Ignacio Zaragoza.

No se puede recordar la gesta del 5 de Mayo de 1862, sin la figura egregia del héroe. Nació don Ignacio Zaragoza Seguín en la población de Bahía del Espíritu Santo, jurisdicción del estado mexicano de Texas (no se había dado el movimiento de separación de esa parte de la nación), el 24 de marzo de 1829. Desde su infancia estuvo familiarizado con la milicia, ya que su padre fue el capitán don Miguel Zaragoza, quien era parte del ejército federal en los territorios amplísimos de Coahuila y Texas y que recorría el área para garantizar la seguridad de los colonos, quienes años más tarde se tomarían contra quienes los hospedaron desinteresadamente.

Su madre, doña María de Jesús Seguín, era una piadosa mujer que inculcó a su hijo los principios de moralidad y honradez.

Desfile militar, Puebla. Foto Mary J. Andrade

El capitán fue destinado al cantón de Matamoros, Tamaulipas, y ahí se dirigió también la familia, de tal forma que nunca volvería a sus lares originales, y sin sospechar que muy pronto cambiarían de país esas tierras.

Aprendió sus primeras letras en Matamoros, destacando por su aplicación, pero también por su intrepidez y don de mando para con sus compañeros.

Razones militares hicieron que los Zaragoza se mudaran a Monterrey, en donde concluyó la educación elemental. Sus deseos de seguir estudiando lograron el aval patemo para entrar al seminario, pues entonces y en aquella ciudad, no había otro tipo de escuela superior, de ni modo que el joven Ignacio formó filas religiosas.

Edificio del Gobierno, Puebla. Foito Mary J. Andrade

Después de los años de rigor, vino el momento de la disyuntiva, pues el seminario solamente ofrecía estas alternativas: la carrera eclesiástica o la de leyes; ambas ofrecían poco atractivo para el estudiante, de tal modo que decidió abandonar las aulas y solicitar empleo, mismo que encontró  como dependiente de un modesto comercio.

Como tal hubiera quedado, a no ser por las circunstancias motivadas por la situación política del país, con las cada vez más excéntricas decisiones del general Santa Ana, los golpes de estado y la proliferación de bandas de forajidos en todas partes, llevaron a los estados a formar sus propias guardias nacionales; prácticamente sin invitacion, Ignacio Zaragoza se inscribió en las milicias de Nuevo León, encontrando que este ambiente era su verdadero destino.

Fuerte de Guadalupe, Puebla. Foto Mary J. Andrade.

Su don natural para organizar, hizo que sus compañeros lo nombraran sargento. Su deseo de perfeccionamiento lo llevó a obtener ascensos en poco tiempo, sin más conocimientos que la práctica y las lecturas en los viejos libros que su papá conservaba sobre tácticas militares. De sargento de primera pasó a capitán en 1853, lo cual constituye una hazaña, ya que omitió los otros grados castrenses, siendo comisionado por el gobiemo del dictador Santa Ana a Ciudad Victoria, Tamaulipas.

Encontrándose en esa sede, recibió recado de su madre, le reclamaba airadamente que prestara sus servicios para tal traidor, el que incluso había cedido Texas a los norteamericanos; que de no retirarse, tendría que combatir contra sus propios herrnanos que estaban alistados en las guerrillas anti santanistas.

Ignacio reconoció la validez del reclamo materno, y se presentó ante su superior para manifestarle su dimisión, pues no quería pasar por desertor. Su jefe comprendió las razones y lo liberó del compromiso. Con un grupo de entusiastas retornó a Monterrey que se preparaba para desafiar la dictadura, buena oportunidad encontró entonces, ya que logró destacar en la defensa de la plaza de Saltillo, derrotando completamente a las tropas federales, lo que le valió el grado de coronel en 1855.

Poco después tuvo ocasión de probar su valor en la defensa de Monterrey, en donde personalmente y al mando de un puñado de hombres logró resistir hasta que fue auxiliado por el grueso de las tropas.

Caído Santa Ana por Comonfort, Zaragoza luchó a su lado hasta que consideró que no se estaba cumpliendo Ios lineamientos constitucionales, entonces fue que se incorporó a quienes hicieron resistencia.

Desfile, Puebla. Foto Mary J. Andrade.

Participó en la toma de Zacatecas y de San Luis Potosí, siendo factor decisivo en la victoria. Su gran humanismo se denota cuando le ordenaron que pasara por las armas a algunos prisioneros que habían mostrado gran valentía, mientras dabainstrucciones para que se cumpliera el mandato, por su parte intercedió por las vidas de los prisioneros, escribiendo a sus superiores, entre otras cosas lo siguiente: “Seamos fuertes y terribles en el combate; pero después, que admiren nuestra humanidad los enemigos que no nos conocen”, los prisioneros fueron perdonados.

En 1859 ganó en combate el grado de general, al perseguir con unos cuantos soldados a un contingcnte mucho mayor, al que logró capturar. La banda la recibió nada menos que del general Santos Degollado (quien años más tarde capturaría a Maximiliano).

Su relampagueante campaña militar le ocasionó no pocas envidias, a tal grado que sufrió muchas veces por quedar sujeto a militares de menor jerarquía. No obstante siempre demostró un celo sin igual para combatir a la reacción.

Su oportunidad de oro vino cuando su jefe el general Gonzalez Ortega, que defendía Guadalajara, enfermó, confiando el mando a Zaragoza, quien con una extraordinaria tactica derrotó al sangriendo Leonardo Márquez. Del mismo modo y al lado de González Ortega, propinaron a los conservadores una de las sonadas derrotas en diciembre de 1859, en los llanos de Calpulalpan, Querétaro.

Ya con Benito Juárez como presidente, fue llamado a ocupar el ministerio de guerra, el que dejó para mandar personalmente a las tropas cuando se intuía que los franceses no respetarían los Tratados de la Soledad. Este es un pérfil rapido del héroe.

Su participación en la batalla fue decisiva, ya que él fue el creador de la estrategia a seguir, y aun cuando se ha dicho que no estuvo directamente en la refriega, justo es mencionar que dirigía la batalla desde las bóvedas del templo de los Remedios, en donde se había asentado su cuartel general, y que si los enemigos rodean al cerro de Loreto y penetran directamente a la ciudad, se hubieran encontrado de frente.

La gloria del triunfo fue efímera para el aguerrido patriota y entusiasta militar, después de la exitosa batalla, permaneció en Puebla para reforzar las defensas y hostigar a los enemigos, mismos que retrocedieron lo más lejos posible para tratar de reabastecerse y esperar refuerzos de Francia.

En agosto retornó a la ciudad de México donde fue homenajeado con fiestas y saraos, incluso por el mismo presidente Juárez, sin embargo, su alto sentido del deber lo llevó a retornar al frente, llegando hasta las Cumbres de Acultzingo, en donde los mexicanos habían establecido la línea de contención.

Las condiciones insalubres en que se desempeñaban las tropas mexicanas lo hizo contagiarse de tifo; fue trasladado a Puebla en donde trataron de aplicarle todos los auxilios médicos sin resultados.

La mañana del día 8 de septiembre de 1862, cinco meses despues de alcanzar la gloria de este mundo, partía para el otro, con el desconsuelo nacional.