Sunday, January 23, 2022

TODOS SOMOS MIGRANTES

Trozos de mi vida (Sin ti) 

Por Lic. María Esther Schumacher

Teodoro Schumacher

Antepasados. Mi abuelo Theodor Schumacher. Mi papá. No es nada fácil ser madre. Aunque por siglos los seres humanos vivimos con la creencia de que las mujeres, por tener los órganos adecuados para concebir y parir hijos, tenían la obligación natural de criarlos y educarlos. No es así.

Sin embargo, por generaciones las mujeres más viejas de cada comunidad tenían la encomienda de enseñar a las más jóvenes las obligaciones que debían cumplir cuando fueran madres. Esta era la forma de preservar cultura y tradiciones que tenía cada sociedad. Y así fue durante siglos. Aún ahora esta costumbre no se ha perdido del todo.

Cuando yo, madre de tres hijos de fines del siglo XX, busqué por deformación profesional, bibliografía para saber qué hacer cuando estaba embarazada de Isa, mi primogénita. Encontré un libro que era un bestseller, porque era el único, el del famoso doctor Spock. Había algunos otros libros para doctores y psicólogos sobre la crianza y el desarrollo de los niños. Recuerdo que del papel del padre se hablaba poco. Su obligación era, sobretodo apoyar a la madre durante la infancia de los hijos y siempre era la figura indiscutible de la autoridad.

Así había sido siempre. El hombre proveedor, estaba muy ocupado en estas labores de gran responsabilidad social que por lo general lo tenían mucho tiempo fuera del hogar. Cuando yo era niña, la figura paterna era un hombre fuerte, que resguardaba las reglas morales y de convivencia impuestas por la comunidad a sus miembros. Al ser la autoridad en el hogar tenía siempre la última palabra.

Mi padre Teodoro Schumacher Muñoz, no era así. Había perdido a su padre, mi abuelo, a los 6 años y había sido criado por puras mujeres. Su madre, la nana y su hermana mayor Esperanza. Supongo que crecer siendo el hijo consentido de una mujer de carácter fuerte y poco cariñosa, al tiempo que asistía al Colegio Alemán en donde la disciplina era férrea, influyó si duda en la formación del hombre excepcional que me tocó como papá.

Cuando terminó la secundaria, su visión del mundo y de su país cambió totalmente. Entró a la Preparatoria Nacional de la Universidad de México. Y tal como él me lo explicó cuando me convencía de entrar a la Prepa 1, ahí todo era diferente. El regio y entrañable edificio de San Ildefonso, los enormes salones, los maestros que si bien eran serios y muy profesionales, no eran autoritarios, lo que permitía a los estudiantes experimentar, por primera vez la libertad. La libertad de discernir, de debatir, y de ir conformando su propia manera de pensar. Mi papá, conoció en la prepa a varios de sus mejores amigos, que lo fueron hasta su muerte, y con ellos formó parte de un grupo que, guiado por un jesuita, se adentraba en las luchas ideológicas y políticas de esa época.

Esther Schumacher con su hijo Teodoro.

Recuerdo que me contó que habían participado en la lucha por la autonomía de la hoy UNAM. Se inscribió en la Escuela Nacional de Ingenieros de la Universidad y continuó sus estudios formales en otro edificio ícono del centro de la ciudad de México, en la calle de Tacuba, obra de Tolsá. Nunca fue un ingeniero cuadrado, y yo conocí y conozco a varios. Su horizonte intelectual iba mucho más allá de su carrera técnica, Tal vez heredó los genes del abuelo Theodor, su padre, no sólo en el carácter tranquilo, reposado sino también en el interés por conocer y apreciar las más variadas disciplinas y actividades.

Le apasionaba la historia de México y en su biblioteca tenía desde los más viejos textos que pudo conseguir, hasta los más recientes. La arquitectura barroca de las iglesias coloniales y claro, los sitios arqueológicos prehispánicos, Otro de sus intereses eran las antigüedades. En esos años el joven estudiante universitario Teodoro Schumacher conoció a mi mamá, Josefina García Figueroa.

El centro de la ciudad de México, era el barrio de los estudiantes, ahí se encontraban las escuelas de la Universidad. Una tarde Josefina, acompañó a su prima Elisa a ver a su novio en un café cerca de la Plaza de Santo Domingo, donde se encontraba la Escuela de Medicina. Alejandro que aunque estudiaba Medicina conocía a mi papá, se lo presentó con la prima de su novia, mi mamá. Supongo que empezaron a verse de acuerdo con las reglas de la época.

Se enamoraron y se hicieron novios formales. Cuando mi papá acabó la carrera e hizo su servicio social en Chalco, se comprometieron que era lo que se usaba y planearon la boda. Mi mamá vivía en la casa de su prima Elisa porque era huérfana desde niña. El tío Jesús aceptó la boda de mis padres. Sin embargo las cosas ya no fueron tan sencillas.

Mi abuela paterna, no aceptó que su único hijo, su consentido, la abandonara para casarse con una mujer que no conocía, que no pertenecía al círculo de sus amistades de la Colonia Alemana y sobretodo que no fuera descendiente de alemanes. Mi papá, un hombre bueno, apacible y de carácter conciliador no pudo convencer a su intransigente madre de su amor por su novia.

La única solución que encontraron Teodoro y Josefina fue casarse sin avisarle a mi necia abuela. Este episodio de la vida de mis padres parece sacado de una novela del siglo XIX, pero para ellos fue, sin duda alguna muy difícil. Se casaron en 1941 en la iglesia de Tlalmanalco, donde el párroco era tío de mamá y tanto en la ceremonia como en el banquete sólo aparecen en las fotos los parientes de ella y la hermana de mi papá, mi tía Esperancita.

Las dificultades no terminaron ahí, porque a pesar de que al año siguiente nací yo y me bautizaron con su nombre, mi terca abuela no cedió y no aceptaba en su casa ni a mi mamá ni a mí. No sé cuánto tiempo después por fin cedió la abuela Esther y aunque de no muy buena gana creo, empezó a aparecer en las fotos familiares.

Al ir envejeciendo y al darse cuenta de que realmente mis padres se amaban y que su hijo era feliz con la familia que había formado empezó a quererme y al final de su muy larga vida llegué a quererla también y a tratar de comprender su difícil forma de ser.

Mi padre no sólo fue un buen proveedor para su familia sino que, al menos para mí, fue un papá muy diferente a los papás de mis amigas. Es cierto que yo era, sin duda alguna, su consentida. Siempre me sentí apapachada y sabía que si me portaba de acuerdo con las reglas de la casa, estudiar, no hacer muchas travesuras y obedecer las instrucciones, que no órdenes que me daban, todo iría bien. También lo considero un padre excepcional porque no sólo nos educó con cariño sino que nos transmitió, a sus tres hijos, todas las cosas que sabía nos ayudarían a ser mejores personas y ser más felices en nuestra vida adulta. Compartía con toda la familia sus gustos, hobbies e intereses. La historia, el arte, el interés por conocer otras culturas, comer bien, apreciar la amistad y ser solidarios en todo momento.

Recuerdo los domingos que nos llevaba a recorrer puesto por puesto, en la lagunilla, buscando antigüedades, muebles, arcones, piezas decorativas o inclusive libros que hoy ya no es posible encontrar. Conocía a varios anticuarios que le avisaban cuando conseguían algo que le podía interesar. Inclusive nuestras vacaciones siempre incluían visitas a los sitios de culturas prehispánicas, algún lugar de antigüedades y claro a los mercados de cada lugar. Sobra decir que de estos viajes regresábamos cargados de toda clase de cosas, desde valiosas antigüedades, hasta comida típica pasando por las artesanías propias de cada lugar. Al llegar a casa, mi papá distribuía lo comprado en ese viaje entre lo que se iba al Rancho y lo que se quedaba en la casa. Entrañables viajes que nos formaron a mis hermanos y a mí. En primer lugar conocimos y convivimos con nuestros connacionales, con sus costumbres y con su cultura, apreciamos lo variado de nuestro territorio y de su población, conocimos plantas y animales que de otra manera, desde la ciudad de México, nunca habríamos imaginado. Mis hermanos y yo apostábamos cada vez que nos parábamos en algún pueblo: iglesia colonial, mercado o ambos.

Así pasó mi infancia y mi adolescencia en un hogar donde a pesar de las dificultades que enfrentaron mis papás como pareja, puedo decir que realmente recuerdo esos años como muy felices, con unos padres que, cuando menos desde mi punto de vista siempre se amaron.

Lic. María Esther Schumacher realizó su especialización en Estudios Latinoamericanos. Facultad de Filosofía y Letras UNAM. Profesora de la UAMX y la UNAM. Directora de Cultura y Medios de Comunicación. Programa para las Comunidades Mexicanas en el Extranjero. Secretaría de Relaciones Exteriores de 1990 a 2000. Editora del periódico bilingüe La Paloma.